
Sin librarse de la oscuridad, permanecía sentada en un rincón donde había pasado tanto tiempo sintiendo esa sensación de soledad que la acechaba a cada minuto, donde un amor que desapareció, dejo su vida vacía y sin sentido. Vivía detrás de muros, buscando una paz que nunca encontró, puesto que aun escuchaba sus risas, recuerdos de momentos juntos, vividos con felicidad, lo que mas ahogaba el llanto atorado en su garganta. Sucedió que nunca tuvo el valor de darle la llave que colgaba en las cadenas de su cuello, y así lo perdió para siempre. Quizás por miedo o por soberbia, quien sabe, el dolor en su pecho era un dolor provocado por el amor perdido, una herida abierta y absurda, que no daba lugar al suspiro, ni aunque quisiera. La humedad de los ladrillos en la pared, era como sus lágrimas, y sus recuerdos, su única compañía, su único tesoro.
Sus elegantes atuendos ya no la satisfacían, la comida era arena en boca, y el vino le sabia a sangre muerta. Ese espacio vacío en su vida era un grito desesperado y amargo, que nadie escuchaba y el amanecer, una libertad que no quería volver a ver. Su tristeza y ese refugio, teñían su piel pálida, oscurecían sus labios morados y preparando ese maquillaje, pasaba sus noches , buscando el descanso eterno que tanto anhelaba, dejando de respirar y esperaba así, entregar su alma torturada, estrangulada y prisionera, a manos de la piadosa muerte que le brindaría su tan ansiada libertad.